No soy la única en este país que han acusado y condenado siendo inocente: Silvia Gette Ponce.

“Perder a un ser querido es llegar a los más profundo del desamparo, de la angustia, de la soledad, se confunde todo, se siente que se pierden las fuerzas de vivir, y sí, se toca fondo”.

 

Por: Oswaldo Marchena Mendoza.

@marchenojob

El paso de los años y las vicisitudes de la vida no alcanzan a arrebatarle sus encantos de mujer, y a pesar de estar librando varias batallas al mismo tiempo (judiciales, económicas y contra muchos enemigos), mantiene luz en su rostro. En Silvia encontré el drama de muchos colombianos sitiados por fallos judiciales que no corresponden a la realidad y que sólo el tiempo les termina dando la razón sobre el poderoso aparato judicial.

Hoy, cuando se han develado tantos fallos amañados y la existencia del llamado ‘Cartel de la Toga’, es pertinente hablar con quienes se sienten víctimas de algunos de esos fallos. Un amigo que me sigue en redes me propuso entrevistarla y de entrada no me negué. A continuación la primera parte.

La Ventana: Usted ha estado, por circunstancias de la vida, en lo más alto, en momentos de éxito y también muy abajo; golpeada por el destino. ¿Cómo convivir con esos vaivenes de la vida?

Silvia Gette Ponce: Sí, estar plenamente feliz al lado de un hombre maravilloso, con quien logramos hacer un bello matrimonio y formar un hogar, donde las risas y alegría de los hijos siempre fue lo más importante, enmarcado en un clima de felicidad. Siempre tuvimos las mismas metas y cuando tomé algún norte diferente, ahí estuvo su apoyo, su admiración por logros académicos obtenidos, algo que se reflejaba en su cara.

Entonces cuando tienes la admiración, respeto, respaldo y aprecio de tu pareja, y si ves que con el pasar de los años todos esos sentimientos no disminuyen, sino que aumentan, y que sientes lo mismo hacia esa persona, entonces es una felicidad que te lleva a afirmar que sí has estado en lo más alto.

LV: Hablemos de sus logros académicos y profesionales.

SG: Gracias a que mi vida estaba en armonía podía lograr lo que me propusiera. Comencé a estudiar Derecho en 1996, en una universidad de Barranquilla, donde me gradué con excelentes promedios en el 2002. Hice un postgrado en Derecho Procesal en la misma universidad, y cuando la muerte nos visitó, llevándose a la cabeza de nuestro hogar, creí morir yo también, porque hacía 80 días había llegado a la familia, gracias al éxito de varios tratamientos, el sueño de todo hombre: su hijo varón.

Era tanta la felicidad y la ilusión que reinaba en nuestro hogar, que nos hizo pensar que la llegada del niño iba a lograr darle la fuerza al hombre de la casa para vencer a “la señora de la guadaña”, para que tomara otro rumbo, y pensamos ilusamente que la íbamos a vencer, pero ya su hígado no respondía y la cirrosis no perdonó. Desgraciadamente falleció al año exacto después de enterarnos que tenía esa terrible enfermedad.

LV: ¿Cómo recuerda a su esposo?

SG: Un gran hombre que dedicó su vida a la educación, al Derecho, a la magistratura en el Tribunal Contencioso Administrativo de Barranquilla, de donde salió pensionado luego de haber trabajado allí por más de 23 años y que hizo varias cosas importantes en Barranquilla, como por ejemplo a los 39 años, cuando la mayoría de los hombres están pensando en otras cosas, Mario Ceballos Araújo (q.e.p.d) decidió fundar la Universidad Autónoma del Caribe.

Varios amigos se unieron a la tarea de esa gran obra, principalmente Julio Salgado Vásquez, quien había fundado a la Universidad Libre seccional Barranquilla, a quien Mario Ceballos había apoyado en aquella misión. También contó con el acompañamiento de Francisco Matos, del doctor Consuegra, Benjamín Sarta y del doctor Abuchaibe, hoy todos fallecidos,  quienes tenían como prioridad la academia y las leyes.

LV: Digamos que la Universidad Autónoma hizo parte de su familia.

SG: Muchos jóvenes en Barranquilla no tenían acceso a la educación superior por falta de recursos para salir de la ciudad y se les frustraban sus sueños de ser profesional. Un 24 de julio de 1967, la Universidad Autónoma del Caribe inició labores académicas con 27 estudiantes.

Fueron 36 años dedicados por Mario Ceballos a hacer grande la universidad y en esa tarea dejó pasar muchas oportunidades en su vida profesional; ofertas de cargos públicos que rechazó para no abandonar nunca el centro de estudios superiores. Pero ya su salud se había ido deteriorando y el anuncio de que quienes padecen cirrosis no pasa del año lo empezó a preocupar, él sabía que no iba a durar mucho y, desgraciadamente, a pesar de que nos fuimos a Estados Unidos para buscar otro tratamiento que nos diera más esperanzas de vida, nunca se logró su recuperación y la muerte llegó un 25 de octubre de 2003.

LV: Muere su esposo y le cambia la vida.

SG: Quedé totalmente desolada, con tres niños muy pequeños; las dos niñas de cinco años cada una y el niño de dos meses y medio de vida. Fue muy difícil adaptarse a estar sola, ya no tenía al hombre que luchaba a mi lado,  pero tampoco podía darme el lujo de  dejarme morir.

Perder a un ser querido es llegar a los más profundo del desamparo, de la angustia, de la soledad, se confunde todo, se siente que se pierden las fuerzas de vivir, y sí, se toca fondo, porque el compañero que uno eligió para pasar el resto de vida juntos y de pronto no va a estar más. Las personas que han pasado por una situación así saben lo que se siente, porque en estos casos la situación social o económica es lo de menos y yo no tenía esa clase de problemas gracias a Mario, pues por ser su esposa y madre de sus hijos,  me quedaron sus pensiones de Magistrado y la otra por haber fundado la universidad y haber sido su rector fundador por casi 36 años. Pero el dolor no pasa por allí, se siente en el corazón y no se puede describir.

LV: ¿Cómo llega a la rectoría de la universidad?

SG: Mario fallece en la Clínica del Caribe, en Barranquilla, el 25 de octubre de 2003. El  8 de noviembre de 2003, se reúne el Consejo Directivo de la universidad y se debía nombrar el rector, quien reemplazaría al fundador y único rector que había tenido la universidad. Hacía un año, en el 2002, Mario Ceballos Araújo había nombrado a Tamid Turbay Echeverría rector Ejecutivo, para que manejara la universidad (mientras superaba o se dedicaba a hacer todos los tratamientos correspondientes para tratar su enfermedad) y me nombra a mí como vicerrectora.

Ese 8 de noviembre todos estábamos todavía acongojados por la muerte de Mario y se decidió, por estatutos, que se debía nombrar el reemplazo del rector, porque para entonces el cargo de rector ejecutivo ya dejaba de tener lugar en los estatutos, porque sólo tenía vigencia mientras el rector fundador existiera.

Nombrada como vicerrectora en propiedad y atendiendo los estatutos, me tocaba reunir al Consejo Directivo para el nombramiento, algo que no hice, y fue el rector ejecutivo, Tamid Turbay, quien citó a dicho Consejo para el nombramiento. ¿Cuál fue mi sorpresa? Que por unanimidad me nombran rectora de la Universidad Autónoma del Caribe. Yo no podía creer y no reaccionaba ni a favor ni en contra, pero allí ya se había decidido.

Le pedí a Tamid Turbay, quien por muchos años fue secretario general de la universidad y también había sido por poco tiempo vicerrector, que no me desamparara, que me colaborara, que me acompañara en el camino de sacar adelante a la universidad, la obra de Mario Ceballos Araújo. Me respondió que sí, que él estaba dispuesto a hacerlo y entonces lo nombré vicerrector, nombramiento que sólo yo podía realizar, y no como dijeron después algunos: que dicha función le correspondía al Consejo. Por estatutos los nombramientos los hace el rector.

Espere la segunda parte: La Universidad y líos judiciales.

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