Iván Duque.

 

Por: Abelardo De La Espriella.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

El 23 de octubre del año 2016, en una de las ñapas del artículo publicado ese día en el diario El Heraldo de Barranquilla (link del artículo), señalé enfáticamente, con la certeza de quien sabe lo que dice, lo siguiente: “Si el uribismo quiere ser opción real de poder, debe pensar en Iván Duque”. Aquella manifestación no obedeció a caprichos del suscrito o a preferencias políticas particulares; todo lo contrario: se trataba de una conclusión lógica, construida a partir de mi experiencia personal sobre las calidades humanas y profesionales de Duque.

 

A Iván lo conocí en la Universidad Sergio Arboleda, nuestra alma mater, hace 23 años. Éramos unos simples mozalbetes que soñaban con ser abogados. Por ese entonces él contaba con 19, y yo, con 17 primaveras. Siempre fue un tipo ponderado, maduro, ecuánime, leal y muy inteligente. Diría yo que es la clase de persona que nace vieja, como viviendo la última de muchas existencias. Se vestía de corbata casi siempre y solo hablaba de cosas trascendentales. De vez en cuando dejaba escapar al muchacho que habitaba en él, y entonces así aparecía el bacán de mil facetas y bohemia (con seguridad por aquello del swing que le viene de tener sangre costeña), al que le fascinan la música, la poesía y el fútbol.

 

Mientras muchos de sus contemporáneos (incluyéndome a mí) nos distraíamos de seguido con los placeres mundanos que prodiga la vida universitaria, Iván se quemaba las pestañas analizando temas jurídicos y económicos, y también ahondando en teorías políticas de los distintos lados del espectro ideológico (tiene definido desde esas calendas que la izquierda radical es un cáncer para cualquier sociedad). Se mostraba acucioso, disciplinado y metódico. Los años maravillosos de esa época me permitieron, de primera mano, reconocer el talante y la dimensión de Duque. Como en el mundo de los caballos: el potro que va a ser bueno pinta desde temprana edad.

 

En la vida la genética cumple siempre un papel de sustantiva importancia: varios de los rasgos de la personalidad de Iván son heredados de su padre, con quien tuve la oportunidad de compartir múltiples veces cuando este se desempeñó como Registrador Nacional. Iván Duque senior era un dandi de finas maneras y elegante vestir, tenía un verbo florido y una cultura tan vasta como las montañas de su Antioquia natal. Los buenos consejos sobre la vida y los análisis acertados de Duque Escobar acerca de la cotidianidad y el devenir democrático eran reconocidos por afectos y detractores. No hay duda de que el Iván político es la consecuencia del legado de su padre; no tanto así la coquetería y el enamoramiento perenne que caracterizaron al patriarca de los Duque.

 

Iván siguió su camino y se fue a vivir a los Estados Unidos, en donde se preparó, trabajó y obtuvo sobrados y muy importantes logros. Empezó a asesorar al expresidente Álvaro Uribe en temas internacionales, al tiempo que desarrollaba una gran labor en el BID, como consultor. Uribe, que es un titán de la política, advirtió de inmediato las excelsas calidades de Duque.

 

Luego vino su rutilante paso por el Senado, y el país fue testigo de excepción de las batallas decididas que libró Duque en la cuna de la democracia, siempre defendiendo los altos intereses de la República y la institucionalidad. Fue elegido y reconocido por el Congreso, por agremiaciones y medios como el mejor Senador de Colombia. Duque ha llegado a donde está por sus méritos, así de simple. En la campaña presidencial que está a punto de concluir, Duque también ha probado que es tremendo gallo y cipote estadista: no hay tema que tenga que ver con el manejo de la cosa pública que no domine.

 

Iván Duque representa todo lo que un buen colombiano debería ser: el candidato del partido Centro Democrático es el ejemplo vivo de que la consagración, el estudio, la pulcritud y la coherencia de principios son los caminos que conducen a la realización de los éxitos. Sus malquerientes lo señalan por no tener la suficiente experiencia para dirigir los destinos de una nación tan convulsionada como la nuestra: tranquilos, “ciudadanos preocupados”, la genialidad y la decencia remplazan cualquier ausencia.

 

Iván Duque tiene la responsabilidad histórica de salvar a Colombia. No dudo ni por un segundo de que será un presidente inmejorable, un líder que sacará a esta patria adolorida del lodazal en el que Santos la deja sumergida. Todas las esperanzas de un pueblo asqueado de la corrupción sin límites del gobierno del tartufo, y asediado por la demagogia y el populismo que encarna Gustavo Petro, están puestas en Duque.

 

Solo una cosa lamento con mucha nostalgia de esta historia: que su viejo no pueda ser testigo de las cosas maravillosas que Iván hará por Colombia.

 

¡Que viva Colombia y a votar todos con entusiasmo y patriotismo por Iván Duque y Marta Lucía Ramírez!

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